La Guerra de les Germanies (1519-1523)

Escrito por Óscar Perea Rodríguez.

Con este nombre, o con el abreviado de Germanías, se conoce al levantamiento armado llevado a cabo durante los primeros años (1519-1522) del reinado de Carlos I de España en diferentes zonas del levante peninsular, principalmente en el Reino de Valencia, pero también en las islas Baleares. Como todo movimiento de estas características, en el levantamiento subyacen toda una serie de motivos, coyunturales y estructurales, que denotan el particularismo de los territorios mediterráneos con respecto a su inclusión en el futuro imperio de Carlos V.

“Mientras estaba ocurriendo en el marco castellano la rebelión comunera, se desarrollaba paralelamente la revuelta de los agermanados valencianos.”

En valenciano, el vocablo germania corresponde al castellano ‘hermandad’, de ahí que la designación de los rebeldes como agermanats pueda ser traducido como ‘hermanados’. Las connotaciones medievales del término coinciden con el sentimiento popular que, en el Reino de Castilla y León, mantenían las tradicionales Hermandades, en tanto defensoras de los intereses del común y, principalmente, también parece relacionar el movimiento, al menos en clave sociológica, con la famosa revuelta medieval de los irmandiños gallegos, si bien la característica antiseñorial de esta última no parece haber sido de ninguna forma factor desencadenante en las Germanías valencianas. Lo que sí parece ser meridiano es que los rebeldes, con su habitual profusión a utilizar el término germanía (casi siempre en singular, es decir, ‘hermandad’), mantenían unos postulados altamente populistas, luchando a favor de unos valores (justicia, ecuanimidad y honestidad) que, a sus ojos, habían estado cercenados y continuarían estándolo de perpetuarse el orden propugnado por el emperador y por el estamento nobiliario del Reino.

Situación previa

Al menos en un primer análisis, la prosperidad del Reino de Valencia durante la segunda mitad del siglo XV es un hecho destacado. La bonanza de su clima y su situación portuaria abierta al Mediterráneo provocaron un espectacular incremento demográfico y económico, sobre todo por la riqueza emanada del comercio. Valencia desbancó a Barcelona como puerto peninsular de cara al Mare Nostrum y se aprovechó además de la crisis económica catalana del siglo XV, de manera que, a finales de esa centuria, la ciudad del Turia doblaba en población a la ciudad Condal. La capacidad financiera de Valencia se denota en los continuos préstamos realizados a la corona, pero también a la construcción de los edificios más emblemáticos de la ciudad, como la Lonja, las Atarazanas, el Palau de la Generalitat, las Torres de Serranos y las de Quart, el Micalet, la fundación de la universidad en 1499, así como una actividad cultural y literaria de primer orden, como los certámenes poéticos y el establecimiento de una próspera industria impresora de libros.

‘Inicialmente los acontecimientos se desarrollaron dentro de la legalidad, contando incluso con la aprobación real.’

Sin embargo, existían graves desequilibrios estructurales en la riqueza valenciana, principalmente el desajuste entre ciudad y Reino: la ciudad de Valencia era riquísima, con una clase nobiliaria (y aun mercantil burguesa) que dilapidaba extensas fortunas en gastos suntuarios, pero la población del Reino descendía vertiginosamente, provocando el primer factor de ruptura: la crisis agraria, con un encarecimiento progresivo de la producción de grano entre 1474 y 1500. A las continuas oleadas de peste (endémica, con virulentos rebrotes en los años 1474, 1478, 1489 y 1508) había que sumar las violentísimas luchas de bandos (bandositats) entre la aristocracia valenciana, que se habían recrudecido especialmente en los últimos cinco años del reinado de Fernando el Católico. Tantos eran los pleitos entre diferentes familias que la justicia estaba totalmente colapsada, a lo que se unió cierta relajación de las costumbres que derivó en toda clase de inmoralidades públicas y cohechos en las asambleas de representación, como la Generalitat y el Consell. Por último, hay que señalar específicamente, por su tremenda importancia en el desarrollo de las Germanías, las tensiones en el ámbito de la organización gremial del Reino de Valencia, con luchas entre maestros, oficiales y aprendices, que a su vez tuvieron nefastas consecuencias en la economía municipal, de tal forma que la desaparición de Fernando el Católico arrojó todos estos problemas a la realidad.

La situación de inseguridad e incertidumbre que se cernió sobre todos los territorios hispánicos tras la muerte del rey (1516), y en el período comprendido entre las regencias provisionales (del cardenal Cisneros en Castilla, del arzobispo Alonso de Aragón en la Corona de Aragón) y la llegada del heredero, Carlos de Gante, dispararon todo tipo de rumores sembrando una inquietud inusitada en todos los sectores de la población. En el Reino de Valencia, por ejemplo, el propio Carlos I tuvo que proclamar que en ningún caso iba a expulsar a los mudéjares del territorio, rumor que llevaba circulando desde 1516 como prueba de esta inseguridad que creó el caldo de cultivo necesario para el estallido de la revuelta.

Inicios del levantamiento

Las Germanías comenzaron a gestarse durante el verano de 1519, en que Valencia vivió un momento álgido en el que todos los desequilibrios se pusieron sobre la palestra. En principio, la ciudad era presa de un rebrote de peste que, si bien por las crónicas y anales del momento, no pareció ser grave en exceso, tuvo unas consecuencias inmediatas: la clase nobiliaria, temerosa de padecer otra gran epidemia como la de 1508, se ausentó completamente de la ciudad (salvo el marqués de Cenete, Rodrigo Díaz de Mendoza), dejando el gobierno de Valencia en manos de los jurados municipales, quienes inútilmente instaban a los nobles para que regresasen, habida cuenta de los graves problemas que acaecían: pleitos sin resolver, directrices de gobierno, vacío de poder ejecutivo y judicial… A todo ello se unió una importante carestía de alimentos de primera necesidad por un problema habido en las importaciones de trigo.

‘La situación se radicalizó por los motines populares que se dieron, merced a los cuales se liberaron presos de las cárceles y se asaltaron las casas de las autoridades.’

Otro de los hitos principales del levantamiento, sobre todo en lo que respecta a su vertiente institucional, lo conformó la dilatación efectuada por el nuevo soberano, Carlos I, a reunir Cortes en el Reino de Valencia y jurar los fueros. El agravio para los valencianos fue tanto mayor en cuanto el rey se había apresurado a celebrar Cortes Generales de Aragón en Barcelona. Precisamente, Carlos I pretextó la misma excusa que la utilizada por su estamento nobiliario: el temor a ser contagiado por la peste, pero lo cierto es que estaba mucho más ocupado en su carrera por ser nombrado emperador que en los problemas de su pequeño reino peninsular. Los jurados insistían en que el peligro de la peste había pasado; por ello, durante los meses de julio y agosto el electo Rey de Romanos envió diversas misivas a los jurados de Valencia para convocar las cortes fuera de la ciudad, pero finalmente acababan siendo pospuestas.

Durante los mismos meses comenzaron los contactos entre quienes iban a convertirse en abanderados de la Germanía: el erudito Joan Llorens y el jurado Guillem Castellví, alias Sorolla. Mediante un intercambio epistolar reproducido por algunos cronistas posteriores (principalmente, Martín de Viciana), Llorens hacía saber a su amigo Sorolla su oposición a la actitud del emperador y de las esferas políticas, que no cesaban de actuar en contra de los intereses del común y contra el buen funcionamiento del gobierno. En agosto, un pequeño incidente con ocasión de la condena pública de un sodomita provocó el asalto a la catedral, donde la muchedumbre quería linchar al reo.

El gobernador general de Valencia, Luis de Cabanilles, dictó un decreto prohibiendo las asociaciones que, como es lógico pensar, actuó de espoleta a todo este tipo de sensibilidades contrarias al gobierno, como las expresadas por Llorens y Sorolla. Finalmente, en octubre de 1519, Carlos I decidió enviar a Valencia a dos representantes suyos, Pedro Mártir de Anglería y Jerónimo de Cabanilles (hermano del gobernador), para negociar la convocatoria de Cortes. Pero ya era demasiado tarde, porque le revuelta había comenzado. Y, además, de manera totalmente legal, ya que durante el mismo verano se habían estado viendo por la costa mediterránea bajeles de piratas moriscos, por lo que Carlos I instó a los ciudadanos a la autodefensa.

En Valencia, cada gremio y cada cofradía se organizaron de forma militar, realizando alardes y convirtiéndose en grupos armados. La cofradía de San Jorge, en la que formaban parte Joan Llorens y Guillem Sorolla, entre otros, fue la que expuso al legado del rey, Guillaume de Croy, señor de Chièvres, las quejas del pueblo al respecto del contrafuero en que estaba cayendo el monarca al no jurar las leyes del Reino. A pesar de las buenas palabras y ante la falta de una respuesta afirmativa, Llorens, el verdadero ideológo de los agermanats, se dispuso a actuar.

Organización de las Germanías

Téngase en cuenta que, legalmente, las Germanías habían sido bendecidas por la monarquía como autodefensa de la ciudad de Valencia contra los corsarios musulmanes, de tal forma que la presencia de voluntarios gremiales armados respondía, a la vez, a una necesidad del momento y a la voluntad del rey. Pero rápidamente Llorens se dispuso a tomar el gobierno de la ciudad, ante la ausencia de otro poder y para acabar con la situación de vacío legal.

En noviembre de 1519, se formó la llamada Junta de los Trece, un organismo superior a las cofradías armadas que ejercería de particular consejo de Estado. Su periodicidad era anual y sus miembros eran todos representantes de los oficios de Valencia: tejedores (como Guillem Sorolla), esparteros (Onofre Peris), pescadores (Joan Gomis), albañiles (Antoni Garbí)… El componente gremial de las Germanías conforma uno de los puntos de identidad de la revuelta, a pesar de que con posterioridad se incorporasen a la defensa de los postulados revolucionarios toda la ingente masa de campesinos valencianos con una situación económica baja. El conflicto entre ambos componentes sociales, urbanos y rurales, artesano y agrario, fue uno de los motivos de fricción a lo largo del desarrollo de las Germanías, como se verá más adelante.

A primeros de diciembre, se produjo una reacción aristocrática contra las pretensiones de los agermanats, mediante el envío de una embajada a Carlos I encabezada por algunos notables valencianos, como Joan de Castellví, Gaspar de Montagut, Pere Corella o Pere Mercader, en la que la presión sometida al monarca hizo posible que se revocase la orden acerca del armamento dado a las cofradías. Pero Llorens y Sorolla anduvieron prestos para renegociar la situación y, con la ayuda financiera de Joan Caro, enviaron una nueva embajada al monarca. Finalmente, Carlos I, pensando en su inminente viaje a Alemania y puede que algo molesto con esta incómoda situación, envió a su preceptor, Adriano de Utrecht, para que jurase los fueros de Valencia en su nombre, a cambio de mantener intactas las prerrogativas dadas a la Germanía, principalmente la gestión gubernamental absoluta de la Junta de los Trece, confirmada el 31 de enero de 1520.

En el mes de abril la Junta amplió sus prerrogativas hasta hacer de Valencia una ciudad armada y modelada mediante una estricta jerarquía militar. En este punto, los agermanats se apresuraron a rescatar un viejo privilegio de Pedro el Grande (concedido en 1278), mediante el cual intentaron controlar el Consell de la ciudad, entrando en competencia con los conselleres en una dura pugna que, finalmente, lograron hacer suyo. En la primavera de 1520, Valencia era una ciudad regida y gobernada por un núcleo de jurados populares sin ninguna posibilidad de que la nobleza y aun la monarquía (en tanto Carlos I no jurase los fueros) pudieran intervenir. El conflicto parecía inminente.

El gobierno de las Germanías

Antes de partir hacia Alemania, y respondiendo a la constante presión que ejercieron los aristócratas del Reino, Carlos I decidió nombrar un virrey en la persona de Diego Hurtado de Mendoza, conde de Mélito, hijo del ya fallecido cardenal Pedro González de Mendoza y hermano de otro de los principales notables afincados en el Reino, el marqués de Cenete. El embajador de los agermanats en La Coruña (lugar donde se produjo el nombramiento) y el impenitente ideológo Llorens intentaron apelar a la ilegalidad de esta situación, ya que el rey continuaba en visible contrafuero. Por ello, la recepción efectuada al virrey en mayo de 1520 fue altamente hostil, factor éste que presidió las relaciones entre la Junta de los Trece y Diego Hurtado de Mendoza desde el primer momento.

Con motivo de la elección de nuevos jurados, la diferencia de intereses volvió a ser gravísima, puesto que el virrey se negó a aceptar aquellos jurados que fueron elegidos pero que no figuraban en la ceda que él había presentado a la Junta de los Trece. En el mismo momento, Diego Hurtado de Mendoza recibía las adhesiones de la casi totalidad de la nobleza valenciana, al tiempo que la revuelta estallaba en la ciudad: los gremios efectuaron alardes de armamento, libertaron a varios presos por asociación ilegal y, finalmente, ante el (sin duda interesado) rumor de que el propio Guillem Sorolla había sido asesinado por la nobleza, se produjo el asalto de diversos palacios nobiliarios, como los de Mascó de Bas, consejero real, y, principalmente, la casa del propio virrey Mendoza, que tuvo que defenderse por las armas y sólo tras una ardua lucha logró huir hacia Cocentaina.

La situación se complicó por momentos. De un lado, el dirigente más moderado de las Germanías, Llorens, se apresuró hábilmente a pedir disculpas por los desmanes cometidos, enfatizando la presencia de extranjeros y vagabundos e intentado descargar de culpabilidad a la Junta de los Trece. De forma paralela, la Junta se puso en contacto con diversos nobles de la ciudad, conminándoles a que regresaran para buscar una salida al conflicto, al tiempo que enviaba una embajada al virrey Mendoza para conseguir que no abandonase el Reino.

El 11 de junio, buscando un golpe de efecto a la situación, Carlos I hizo valer el acostumbrado autoritarismo de que haría gala durante todo su gobierno: profiriendo su disgusto ante la ausencia del virrey, declaró nula la elección de jurados de mayo de 1520, se mostró dispuesto a enviar a Valencia un ejército de 3.000 tiradores germanos y, por último, presentó un programa a la Junta de los Trece para que se disolviera de inmediato y frenase la escalada armada del Reino. La postura de los conselleres fue la de una frenética actividad legislativa, nombrando diversas comisiones para regular la vida política de la ciudad (sueldos, administración pública, reapertura de la Universidad…) y, de camino, aquilatar la validez de su labor de gobierno, buscando sobre todo el apoyo popular, en espera de que el estamento nobiliario finalmente se aprestaría a negociar.

Durante todo el año 1520 y en los primeros meses de 1521, el gobierno de los agermanats dispuso diversas reformas que abarcaron los ámbitos de la vida de Valencia que estaban más faltos de dirección. Fue en este momento cuando, además del ya citado Llorens, cobraron importancia otros destacados líderes del movimiento, como Joan Caro, Maestre Racional, o Bertomeu Monfort, prestigioso jurista que fue abogado y asesor en materia de justicia del consejo de dirección de la Junta de los Trece. Las reformas promulgadas implicaron nuevo nombramientos en el Quitament de censales, en la Clavería comuna, en la Taula de Canvis y en los demás órganos de la vida política y económica de la ciudad. El hito más destacado del gobierno de la Germanía se estableció entre los días 21 y 23 de febrero de 1521, cuando, con los jurados y el Consell formados por mayoría de agermanats, se tomó la decisión de suprimir toda clase de impuestos (regios, del municipio y de la Generalitat) que no hubiesen sido aprobados por la Junta de los Trece.

Extensión de las Germanías por el Reino

Puede considerarse que, al menos durante la primera fase del conflicto, la ciudad de Valencia había quedado adecuada a los presupuestos de los rebeldes quienes, conscientes de la precariedad de su situación y temiendo la inminente respuesta reaccionaria, comenzaron en la primavera de 1520 a publicitar su programa reformista por diversas zonas del Reino, buscando adhesiones de otras ciudades.

En marzo de 1520 la ciudad de Murviedro, con Francesc Jordá a la cabeza, se había hermanado con la revuelta, y poco más tarde lo harían Alcira y Játiva de la mando del dirigente Pere Viles. En este sentido, las villas de las que eran oriundos los cabecillas de la Junta de los Trece fueron rápidamente presa del programa agermanat, seducidas por las intenciones de sus reformistas natales; fue el caso de Nicolau Romero en Alpont, Joan Lledó en Alpont y Chelva, Miquel Estellés y el maestro Francesc Guadalupe en Onteniente, Berenguer Sabater en Alcoy, Pere Balaguer y Miquel Carrascull en Morella, y por supuesto la villa de Castellón de la Plana, de donde era natal Guillem Sorolla. Incluso algunas villas radicadas en el Reino de Castilla pero cercanas a los aires agermanats, como Cartagena y Murcia, se vieron tentadas de adscribirse al programa revolucionario.

La vinculación entre el resto de ciudades del Reino y Valencia se llevó a cabo mediante un modus operandi que, en esencia, resumía los acontecimientos pasados en la capital durante el año y medio anterior. En primer lugar, los síndicos gremiales organizaban la defensa y militarización de sus cofradías, basándose en la legalización del documento expedido por Carlos I para hacer frente a los ataques de piratas moriscos. Posteriormente, se constituyó en cada ciudad una Junta de los Trece local, que estaba coordinada con la principal, la de Valencia, que desde el inicio de la extensión de la revuelta se subrogó la calidad de órgano principal de dirección. La rapidez y el éxito del organigrama hicieron posible que hacia el verano de 1521 todo el Reino estuviese regido por la Germanía.

Por último, ha de destacarse que las recientes investigaciones llevadas a cabo sobre el fenómeno de las Germanías por E. Durán han contribuido a demostrar que no sólo la extensión de la revuelta abarcó también a las Islas Baleares, con la conocida Germanía de Mallorca, sino que algunos pequeños altercados vividos de forma coetánea en algunas poblaciones de Cataluña, como Girona, Lleida o Cambrils, también participan de las pautas de comportamiento emanadas de las Germanías valencianas.

El camino hacia la guerra

El virrey Mendoza estaba decidido a actuar, a pesar de la tibieza con que sus argumentos eran tratados en la corte de Carlos I, en aquellos momentos más preocupada por la ceremonia de coronación imperial en Aquisgrán a celebrar en octubre. Así, el 25 de agosto de 1521, los jurados de Valencia emitieron una protesta formal ante el rey porque Diego Hurtado de Mendoza había ordenado a todos los nobles del Reino que se armasen para intervenir en la ciudad. Pero la reacción popular, como en la anterior ocasión, fue mucho más desproporcionada y violenta, tomando al asalto los palacios del vizconde de Chelva y asesinado a Andreu Durán, el adjunto a la gobernación de Elche.

El virrey aprovechó la ocasión para deshacer las dudas de Carlos I, argumentando también la desobediencia a la corona de los agermanats al haber abolido los impuestos regios días atrás. Aunque la facción moderada de la Junta de los Trece intentó una negociación con el virrey, instando incluso al hermano de éste, el marqués de Cenete, a que mediara en el conflicto, finalmente los dirigentes de la Germanía decidieron preparar la guerra. Las estimaciones objetivas pretendían formar un ejército de 50.000 hombres, que estaría bajo mando del jurat en cap de Valencia, Jaume Ros, pero la realidad fue otra bien distinta, ya que únicamente 2.000 soldados hicieron alarde como tropas agermanats en Catarroja durantel el mes de junio.

‘Sobre los moriscos se descargó una violencia desmesurada, acompañada del bautismo forzado, al ser acusados de infieles y aliados de la nobleza.’

A su vez, tanto Jaume Ros como su lugarteniente, Esteve Urgellés, fueron sustituidos por Joan Caro y por Jeroni Coll, habida cuenta de la incapacidad de los primeros para mantener un orden militar coherente. Justo cuando se llevaban a cabo estos primeros preparativos, la Junta de los Trece sufrió un golpe inesperado que influiría decisivamente en el desarrollo del conflicto: la muerte de Joan Llorens, el ideólogo de las Germanías. Todos los cronistas posteriores destacan que las últimas palabras de Llorens fueron en contra de la radicalización que había tomado el conflicto, pero cabe poner en severa cuarentena la veracidad de tales afirmaciones, ya que puede tratarse de una pequeña manipulación para dejar en buen lugar la figura de Llorens, que tanto respeto mereció a sus coetáneos.

El otro gran problema del ejército de las Germanías era, obviamente, las fuerzas del enemigo, sobre todo en comparación con el mínimo ejército que la Junta había logrado formar. El virrey Mendoza logró el apoyo del catalán Luis Oliver de Boteller, que envió una fuerza de 2.000 hombres armados al castillo de Peñíscola, para fortificarlos y convertirlo en el cuartel general de las operaciones del bando realista en el norte del Reino, lugar donde se llevaron a cabo las primeras refriegas. El ejército de las Germanías, al mando de Miguel Estellés, ocupó el castillo de Murviedro el 25 de junio, y después, con tropas reclutadas en Villareal, Onda y Morella, saqueó y tomó el castillo de Alcalá de Chisvert.

La acción del ejército realista, una vez asegurada Peñíscola (y con ella, las reservas de grano), fue la de poner el grueso de las tropas bajo mando de Alfonso de Aragón, duque de Segorbe, que reclutó tropas en Onda y se dirigió desde Vall d’Uixó hacia Villarreal y Castellón, que fueron tomadas el 3 de julio de 1521. Estellés y los agermanats retrocedieron hasta Castellón, pero la hábil maniobra de los militares realista le dejaron en inferioridad para presentar batalla en Oropesa. El día 4 de julio, las Germanías sufrieron su primer gran revés en el campo militar con la derrota de las tropas de Estellés, que fue ahorcado junto a los principales dirigentes agermanats.

La noticia causó un tremendo revuelo en todo el Reino, pero, en principio, fue un estímulo positivo para la Junta de los Trece, ya que apelando a la justicia de su lucha, logró reclutar unos 8.000 combatientes, aunque muchos de ellos eran niños e incluso mujeres. Mientras tanto, el ejército del duque de Segorbe se había instalado en Nules con la intención de tomar Murviedro, el único núcleo agemanat que resistía los embites. Finalmente, el 18 de julio, el duque de Segorbe volvió a derrotar a las tropas rebeldes en Almenara, pues pese a la inferioridad de sus tropas, su dotación de artillería, de caballería (incluidos militares moriscos) y, principalmente, el oficio mililtar mostrado por sus combatientes, se impuso al natural ímpetu de los defensores de la Germanía. Inmediatamente, la Junta de los Trece de Murviedro se disolvió para negociar una salida pacífica al conflicto.

Las campañas del sur

El fracaso de los agermanats en el norte del Reino de Valencia no arredró a quienes mantenían el espíritu encendido en el sur, donde el movimiento contaba con un apoyo militar y empático muchísimo mayor. Sin embargo, el entramado de las Germanías ya comenzaba a dar muestras de división interna. Joan Caro, el racional que fuese comandante de las tropas, partió de Catarroja hacia Alcácer y Picasent, que fueron brutalmente saqueadas a finales de junio, ante las protestas del propio Caro, que fue seriamente advertido por los jurados de Valencia acerca del control de sus tropas.

Pocos días más tarde, Caro se negó a aceptar las disposiciones de sus capitanes, partidarios de asaltar la baronía de Corbera, por lo que sufrió un conato de motín que, a la postre, fue suficiente para que el racional abandonase el mando del ejército agermanat del sur. Su sustituto, Esteve Urgellés, ideó una habilísima estrategia, como fue la de desistir de la toma de Corbera y enfilar las tropas hacia el inexpugnable castillo de Játiva, ciudad que desde los primeros momentos del conflicto se había mantenido leal a las Germanías. El 14 de julio de 1521, después de que un ejército de 4.000 hombres hubiese acosado a la guarnición del castillo, Játiva cayó en manos rebeldes, aunque el éxito de la misión le costó la vida al capitán Urgellés.

‘En pleno conflicto bélico las fuerzas agermanadas, lideradas por Vicenç Peris, obtuvieron algunos éxitos frente a las tropas del virrey.’

Una vez muerto Urgellés, el ejército agermanat del sur estuvo dirigido por una de las figuras más destacadas del conflicto: Vicent Peris, el gran militar rebelde. Por de pronto, Peris albergó en su mente una maniobra que, de haberse llevado a cabo, hubiera podido cambiar el curso de la revuelta hasta límites insospechados. El castillo de Játiva, dada su inexpugnabilidad, era utilizado frecuentemente como prisión; uno de los más ilustres inquilinos de Játiva era Fernando de Aragón, duque de Calabria, que había sido encerrado allí por Fernando el Católico y que, tras la toma, fue puesto en libertad por los agermanats.

Además, Peris le ofreció nada menos que convertirse en el estandarte de las Germanías, dirigir la revuelta e, incluso, negociar su matrimonio con la reina Juana la Loca, cautiva en Tordesillas, para que el duque pudiese presentar su candidatura como rey de España en detrimento de Carlos I. No cabe duda de que, en caso de aceptar, la nobleza del bando realista se hubiera replanteado la situación de apoyo al emperador Habsburgo, lo que hubiera significado que Peris y los agermanats (tal como era la intención del dirigente) procedieran a reorganizar la ofensiva. Pero el duque de Calabria, sin duda escarmentado de sus malas relaciones con Fernando el Católico, contestó con una negativa.

En tal caso, a Peris no le quedaba otra salida que intentar expandir la dominación de las Germanías hacia Gandía. Pero el virrey Mendoza, que había tomado el mando personal de las tropas del sur, volvió a concentrarse en la Valldigna con tropas reclutadas en regiones ajenas al conflicto (Villena, Almansa, Requena, además de los mercenarios moriscos). Finalmente, ambos ejércitos acabaron por encontrarse en Gandía el día 23 de julio de 1521, batalla que finalizó con un rotundo éxito de Peris y los agermanats, quienes pusieron en fuga a las tropas realistas y a todos los grandes nobles (el conde de Oliva, Serafín de Centelles; el conde de Cocentaina, Joan Rois de Corella; el duque de Gandía, Juan de Borja) que habían prestado sus tropas señoriales al servicio del virrey. Ni que decir tiene que en los días sucesivos a la primera y única gran victoria militar de los agermanats las villas y ciudades circundantes fueron víctimas que cruentos saqueos: Gandía, Denia, Oliva, Penáguila, Guadalest, Polop y Villalonga fueron las más damnificadas, principalmente las tres primeras, por pertenecer a dominios de barones nobiliarios.

La batalla de Orihuela

El virrey Mendoza regresó a la plaza fuerte de Peñíscola vía marítima, a través de Gandía, y se apresuró a solicitar ayuda a diversos nobles castellanos. Controlada la situación en el norte, donde sólo Murviedro continuaba prestando resistencia, la batalla del sur, después de la victoria de los rebeldes en Gandía, se preveía larga. Sin embargo, y de manera un poco inexplicable, en el mismo momento del triunfo militar más sonoro, las Germanías comenzaron a perder peso específico precisamente en el sitio donde se habían originado, es decir, en la ciudad de Valencia.

La Junta de los Trece, sin duda en previsión de males mayores, comenzó a contactar con diversos nobles, como el conde de Oliva, Serafín de Centelles, o el marqués de Cenete, Rodrigo de Mendoza (hermano del virrey). Este último, finalmente, aceptó el ofrecimiento de la Junta para ser gobernador del Reino el 4 de julio. De esta forma, se dio la curiosísima paradoja de que mientras Peris y las tropas agermanats preparaban el combate de Gandía, Valencia se esforzaba en desvincularse de las tropelías cometidas por sus tropas y en rendir pleitesía al virrey. El 30 de julio de 1521, días más tarde de la victoria de Peris, la Junta de los Trece de Valencia dimitía en bloque, dejando el camino abonado para la intervención del virrey y de los nobles en pos de la restitución del orden regio.

La muerte de Peris

A finales del año 1521, únicamente dos ciudades del sur, Játiva y Alcira, continuaban fieles a las Germanías. Bien pertrechados, los agermanats de Alcira obligaron al virrey Mendoza a levantar el asedio en los primeros días de diciembre, dirigiéndose entonces el ejército realista hacia Játiva, que vivió un continuo ataque durante quince días. A finales de diciembre, el marqués de Cenete, aceptando el papel de mediador que los nuevos jurados de Valencia le habían confiado, decidió interceder en el fin del conflicto, para lo cual viajó hacia Játiva y pactó con el dirigente agermanat, Mosén Agulló, una entrevista en la que quedaba finiquitada la rendición de Játiva. Pero de nuevo el carácter indómito de Vicent Peris irrumpió en escena: cabalgando con 200 hombres desde Onteniente, Peris llegó a Játiva, interrumpió las conversaciones e hizo prisionero al marqués de Cenete. De forma inmediata comenzaron las negociaciones entre el sector moderado de los agermanats y las tropas realistas para poner en libertad al hermano del virrey, al tiempo que diversos destacamentos iniciaban una durísima represión a los rebeldes de Onteniente.

‘Al igual que había ocurrido en Castilla con los comuneros, las aspiraciones de los agermanados valencianos no se vieron cumplidas, volviéndose al anterior estado de cosas.’

Cuando cayó esta ciudad, el 29 de enero de 1522, fue liberado el marqués. Ambos personajes, el de Cenete y Peris, se dirigieron hacia Valencia, pues sabían que el destino de la revuelta se iba a jugar en el apoyo que la capital del Reino prestase a uno u a otro bando. Peris llegó ante la aclamación popular, pero el marqués de Cenete fue más hábil y logró negociar con los jurados el aislamiento del líder agermanat; las conversaciones entre ambos fueron nulas: don Rodrigo le ofreció un perdón que Peris no quiso aceptar, prefiriendo llevar las consecuencias hasta el final. El 2 de marzo la casa natal de Peris, situada en la actual avenida de Barón de Cárcer, fue violentamente atacada por unos 3.000 hombres, y ni Peris ni sus escasos leales pudieron hacer nada por evitar su triste destino a pesar de su valiente actitud. El 4 de marzo, Vicent Peris fue descuartizado y su cabeza enviada al virrey Mendoza, que prefirió colgarla en la puerta de San Vicent para escarmiento general de los rebeldes.

Últimos estertores de las Germanías

Todos los analistas de este conflicto coinciden en asignar a la muerte del gran militar agermanat el punto final teórico de la revuelta. De hecho, de no ser por la insistencia de Peris, es bastante posible que las Germanías hubieran finalizado después de la defección de los jurados de Valencia en julio de 1521. Sin embargo, pese al fallecimiento del gran líder, todavía coleaban los reductos agermanats de Játiva y Alcira, que permanecieron durante algún tiempo en rebeldía gracias al surgimiento de un mito: el del Rey Encubierto. En Játiva, días después de la muerte de Peris, un individuo se hizo pasar por el hijo secreto que el príncipe Juan, el malogrado heredero de los Reyes Católicos, había tenido con la archiduquesa de Austria, Margarita de Austria, que había sido apartado de la sucesión al trono por las oscuras maniobras del cardenal Mendoza (padre del virrey y del marqués de Cenete). Su actitud mesiánica y los diversos ofrecimientos que realizó a los rebeldes bastaron para mantener encendido el espíritu de las Germanías incluso después de su muerte, ocurrida en Burjassot el 18 de mayo de 1522, ya que al menos otros tres personajes se hicieron pasar por él, en un intento de cohesionar la debilitada moral de los rebeldes.

‘Las represalias oficiales tras el fracaso de la rebelión no produjeron un elevado número de penas de muerte ni de castigos físicos; fueron sobre todo de tipo económico, realizadas por medio de las confiscaciones de bienes a muchos agermanados.’

Durante el verano de 1522, el virrey Mendoza se dedicó a atacar diversos reductos agermanats, como Algemesía, Albaida, Albocacer, Luchente y Alberic, derrotando a los rebeldes el 1 de septiembre en la batalla de Bellús. La resistencia de Játiva y de Alcira aún continuó durante el invierno; para la defección de los dos baluartes agermanats por antonomasía fue decisivo el regreso del emperador Carlos V y su intransigencia ante la rebeldía, demostrando a los asediados cuán lejos estaban los acontecimientos coetáneos de aquella misma orden de benevolencia dictada por el mismo emperador en 1519. Finalmente, Játiva capituló el 5 de diciembre y Alcira siguió el mismo camino el 7 de diciembre de 1522. Los posteriores y breves intentos de resucitar el programa rebelde, como la nueva aparición del Encubierto en Valencia durante 1523 o los discursos reformistas del luterano Pere Martí en 1525, no dejan de ser secuelas relacionadas en un plano global con las Germanías, pero sin relación directa con una guerra finiquitada en 1522.

La represión de los agermanats

Además de los dirigentes caídos en diferentes fases bélicas del conflicto se unió la lógica represión posterior a manos de los vencedores, motivada en parte por la delación ante las autoridades de antiguos colaboradores en la rebeldía que buscaban el perdón. El mismo día de la rendición de Játiva, y gracias a la declaración del agermanat Onofre Oller, fue localizado, arrastrado públicamente y descuartizado en la capital de La Costera Guillem Castellví, alias Sorolla, uno de los dirigentes más veteranos del movimiento. Joan Caro fue otro de los que sufrieron persecución. Después de haber sido el financiero de las embajadas de la Germanía, racional de Valencia y comandante de las tropas rebeldes, su vuelta atrás en la última fase del conflicto permitió que el virrey Mendoza le mantuviera en su oficio de racional hasta la extinción del período de vigencia del mismo, es decir, tres años. Finalizada esta etapa, el propio Joan Caro fue consciente de la debilidad de su posición en la corte, por lo que decidió huir hacia Castilla y se refugió en Simancas. A pesar de que el virrey Mendoza había expedido un perdón general el 21 de octubre de 1521, la llegada en 1523 de la nueva virreina, Germana de Foix, hizo que la represión fuese mayor, ya que el perdón del anterior virrey se había producido en una fase del conflicto anterior y sólo afectaba a la ciudad de Valencia, no al Reino en sí.

De esta forma, fueron castigados y perseguidos todos los dirigentes de las Germanías (incluido el propio Caro, apresado por la virreina en 1523 y ajusticiado el 12 de marzo de 1524), todos los colaboradores y todos aquellos que habían financiado la rebelión. La respuesta lógica, la huida masiva, no evitó que fueran ajusticiados o apresados todos los colaboradores del Encubierto, varios miembros de la Junta de los Trece, como Pere Llorens, Francesc Pastor o Joan Tarrega. Todavía en 1528, una vez fallecida Germana de Foix, en el perdón general había numerosos exceptuados, es decir, antiguos agermanats o colaboradores a quienes no afectaba el citado perdón y que debían rendir cuentas a la justicia. Además, hay que contar con que quienes obtuvieron el perdón de sus vidas, debieron pagar notables cantidades económicas en compensación por los delitos de que se les acusaba, o bien sufrieron la confiscación de sus bienes. Por encima de otras consideraciones, las sumas incautadas a los agermanats sirvieron para que la monarquía pudiese hacer frente a las deudas contraídas con los nobles para financiar las operaciones militares, lo que no hizo sino dos cosas: perpetuar el orden establecido y agravar la situación económica del reino, significando así la verdadera derrota de los postulados por las Germanías:

La derrota de los agermanados implicó la definitiva marginación del artesanado de la administración y un proceso de refeudalización en el campo paralelo al endeudamiento nobiliario y a la consolidación del imperialismo de Carlos I. Un total de 12.000 muertos en los campos de batalla junto con la abundante población itinerante o fugitiva (despoblación de 5.000 casas de moros y 1.000 casas de cristianos) debieron propiciar un cuadro demográfico en el Reino de Valencia poco brillante.(García Cárcel, Las Germanías…, p. 208).

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